El día 12 de abril, Viernes de Dolores, comienza de hecho la Semana Santa para los abulenses con la procesión del Via Matris con los pasos del Stmo. Cristo de los Afligidos y Ntra. Sra. de la Paz, recordando especialmente los dolores de la Santísima Virgen María. La semana más especial del año por su significado religioso. En ella los cristianos celebramos el misterio central de nuestra fe: la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor.

 Este misterio ha calado hondamente en las costumbres y sentir de nuestro pueblo que se echa a las calles en nuestra ciudad de Ávila con los magníficos pasos procesionales antiguos y nuevos acompasados con el majestuoso escenario de nuestra ciudad amurallada, que en esos días se hace la Jerusalén de Pasión y Resurrección de Cristo; así ocurre también con variada escenografía, pero con la misma letra y sentimiento de fe, en los pueblos de nuestra provincia y en toda nuestra geografía española, para contemplar en bellos pasos procesionales -sencillos y pobres unos y majestuosos otros- los momentos cumbres de la vida de Jesús el Nazareno.

De manos de la religiosidad o devoción popular al Cristo o Virgen sufriente de su pueblo o ciudad, muchos se encontrarán con Dios a la par que reafirman sus sencillas señas de identidad cristiana, difuminadas o acalladas, con frecuencia, por la presión de un secularismo ambiental, que el resto de las semanas del año recela de la manifestación y los compromisos públicos de la fe. Para cientos de miles de personas, esta semana procesional será su semana santa. La acompasarán con su dolor, con sus soledades y sus sufrimientos, personales y familiares: los de los pasos de los días y semanas ordinarias del año, los que también hacen via crucis en las más variadas estaciones del mundo: los enfermos, los perseguidos, las víctimas de cualquier clase de violencia o injusticias y sus familias, los que han sufrido catástrofes naturales, los terminales, los enganchados a la droga, los ancianos abandonados, las mujeres y niños maltratados, los inmigrantes… y un largo etcétera de pasión continuada. ¡Qué bien refleja esta procesión de la vida –dolor y gozo, muerte y resurrección- nuestro Viacrucis que partiendo de la Catedral rodea la simpar muralla de nuestra ciudad en la madrugada del Viernes Santo!

Otros muchos pasarán de las calles al interior de los templos y en ellos los bellos ritos de la liturgia cristiana de estos días les representarán el Misterio Pascual. Palabra y Sacramento les harán posible el milagro continuado del encuentro real con Cristo en la Eucaristía. Todos estamos invitados a él, como a una inmensa comunión donde Dios nos abraza, perdona y resucita.

Qué bien supo entender esto nuestra Santa Teresa de Jesús, Doctora de la Iglesia y figura cumbre con S. Juan de la Cruz de la mística cristiana, de la oración más elevada de unión con Dios, que nos invita a representarnos la Humanidad Santísima de Cristo, como el gran acceso al misterio inefable de Dios encarnado, que representan nuestras imágenes procesionales. La Santa señala que a Cristo “es gran cosa, mientras vivimos y somos humanos, traerle humano” (V 22, 9). “Hémelo dicho el Señor. He visto claro que por esta puerta hemos de entrar, si queremos nos muestre la soberana Majestad grandes secretos” (V 22, 6).

El descanso de los días de Semana Santa puede ser también una oportunidad para la lectura sosegada de los textos evangélicos. Los personajes sugerentes de la Pasión, en los que nos reconocemos a nosotros mismos en tantos rasgos, nos ayudarán a apropiarnos de sus papeles y ponernos en su lugar en una oración y contemplación en la que logremos tener, como nos diría S. Pablo, “los sentimientos propios de Cristo Jesús” (Filp 2, 5).

Para otros muchos quizá estos días sólo sean un alto en el trabajo para unas vacaciones merecidas en las que se hace posible el encuentro distendido con la familia y los amigos. También esto lo quiere Dios. Procuren, sin embargo, si me permiten este consejo, dejarse interpelar por la figura de Jesús el Nazareno, por su trascendencia atractiva que nos alivia del cansancio del vivir, y nos abre a la esperanza que traspasa la muerte, al optimismo que alegra la vida. Él nos dijo en el Evangelio que “nadie tiene amor más grande que el que da la vida pos sus amigos. Vosotros sois mis amigos” (Jn 15, 13-14). Ustedes y yo, todos nosotros. Les deseo una provechosa vivencia de nuestra Semana Santa.

Con todo mi afecto y bendición,

+ José María Gil Tamayo, Obispo de Ávila