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El fuego de Cristo resucitado

Queridos diocesanos:

Acogemos este tiempo de Cuaresma, en el Año Jubilar Teresiano, como una gracia de Dios, un signo sacramental de nuestra conversión. Como cada año, el Papa nos ayuda en este camino cuaresmal con un mensaje, esta vez inspirado en una expresión de Jesús en el Evangelio de Mateo: «Al crecer la maldad, se enfriará el amor en la mayoría» (24, 12).

Esta frase se encuentra en el discurso en que Jesús habla del final de los tiempos, describiendo la situación en que se encuentran los fieles: ante los acontecimientos dramáticos, aparecen falsos profetas que engañan a la gente hasta apagar la caridad en sus corazones, hasta dejar helado su corazón.

¿Qué formas asumen hoy los falsos profetas? Son como “encantadores de serpientes” que se aprovechan de las emociones humanas para esclavizar a las personas. Pensemos en cuántos se dejan fascinar por un placer momentáneo que confunden con la felicidad, cuántos viven fascinados por el dinero o el poder, cuántos piensan que se bastan a sí mismos y no necesitan a nadie ni a Dios.

  Falsos profetas son también los “charlatanes” que ofrecen soluciones fáciles al sufrimiento, remedios que resultan inútiles: pensemos a cuántos jóvenes se les ofrece la droga o el alcohol, o unas relaciones de “usar y tirar”, o ganancias fáciles pero deshonestas. Es el engaño de la vanidad, que deshumaniza, destruye la libertad, la capacidad de amar y la dignidad.

Estos falsos profetas amenazan con apagar la caridad, helar los corazones. Y lo que apaga la caridad es ante todo la avidez, el apego a las cosas, situaciones o personas; a esto le sigue el rechazo de Dios y del prójimo, a quienes podemos ver como “enemigos” de nuestros deseos y apegos. También la creación es un testigo silencioso de este enfriamiento de la caridad: la tierra y los mares están envenenados a causa de los desechos arrojados por negligencia e interés, incluso de seres humanos; los cielos amenazan con llover instrumentos de muerte...

Pero el amor puede enfriarse también en nuestras comunidades cristianas. Las señales más evidentes de esta falta de amor son la pereza egoísta, el pesimismo estéril, la tentación de aislarse y de entablar continuas guerras fratricidas, la mentalidad mundana que induce a ocuparse sólo de lo aparente, disminuyendo lo que de verdad importa, el entusiasmo misionero.

¿Qué podemos hacer? La Iglesia, nuestra madre y maestra, nos ofrece en este tiempo de cuaresma el dulce remedio de la oración, la limosna y el ayuno. Una oración que nos ayude a descubrir los engaños secretos del corazón y la búsqueda de Dios, una limosna que nos ayude a descubrir un estilo de vida que comparte su vida con los demás, con los pobres, y un ayuno que nos ayude a experimentar lo mismo que sienten quienes mueren de hambre a diario.

Queridos diocesanos, desde siempre el demonio presenta el mal como bien y lo falso como verdadero, para confundir el corazón del ser humano, hoy le llamamos posverdad; por eso cada uno de nosotros está llamado a discernir y a examinar su corazón. Pero no estamos ni vamos solos en este camino, la luz pascual de Cristo resucitado nos indica la meta e ilumina nuestros pasos. Que la luz de Cristo resucitado y glorioso, el fuego nuevo de Cristo, disipe las tinieblas de nuestro corazón y de nuestro espíritu, para que en nosotros vuelva a arder la fe, la esperanza y la caridad.

¡Buen camino cuaresmal!

+ Jesús, Obispo de Ávila

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